Archivo para Junio 2007
Macchu Picchu
Había subido mil veces en aviones, desde niña, cuando todos los veranos íbamos a Lima al tratamiento de mi hermano menor y yo a pasármelo lindo. Pero ese avión era diferente, no podía creer que el pasaje dijera como destino “Cuzco”. Cuando el avión aterrizó, corrí a la ventanilla para no perderme ni un segundo del paisaje andino, de la ciudad Imperial, del ombligo del mundo.
Bajamos y nos recibieron con música. A pesar de los más de 3,000 metros de altura, yo no podía dejar de saltar de felicidad. Saltaba y abrazaba a quien me había cumplido el sueño. No podía creer que un hombre me amara tanto como para recordar que yo había comentado ese deseo mío casi sin pensarlo. Y ahora estaba allí, en el aeropuerto del Cuzco, la ciudad de los Incas. Ese día me sentía más peruana que nunca, estaba feliz.
Conocimos los alrededores y nos maravillamos con las construcciones. Piedras enormes, perfectamente encajadas, como piezas de un puzzle gigante, que una sobre otra han resistido el paso de los siglos, sin necesidad de ninguna mezcla que las mantenga unidas. Obra de ingenieros, de una cultura superior.
Cultura superior que se dejó dominar por trece barbudos sobre caballos, disparando rifles. Pero no, Cuzco no hace pensar en la caida del Imperio, Cuzco hace pensar en la grandeza de nuestro pasado. En el misticismo de mi raza. En la energía que emana de cada piedra, de cada esquina.
Al entrar en los restos del Coricancha (el Templo del Sol) y ver la pulcritud y el amor con el que se labraron las piedras, lijadas, lisas, perfectas, uno no puede evitar pensar en la gran religiosidad de un pueblo que parece no haber tenido escritura, pero sí sabios ingenieros, poetas, guerreros, hombres del ande que conquistaron pueblos, culturas y destinos. Desde Colombia hasta Chile, cuatro Suyos (Tawantinsuyo), un emperador (Inka).
La historia puede decir lo que quiera. El Cuzco te recuerda que fuimos grandes, que a lo mejor podemos aprender algo más. El Cuzco te llena de positivismo, su gente sonriente, amable, políglota, te hace pensar que no estás en el Perú. Pero estás, nunca más en el Perú y nunca más peruana que en el Cuzco.
Un tour obligado es conocer la ciudad perdida de los Incas, a unas cuantas horas del Cuzco en tren. Macchupicchu se presenta para el turista con un ingreso moderno, un hotel cinco estrellas que parece ser el negocio del “descubridor” (ya se ve que el amor al arte no es un amor duradero). Luego de traspasar el umbral, se presenta el cerro Huayna Picchu, una montaña verde como un adolescente lleno de vida que te sonrie, te saluda y te recuerda cada postal recibida. Allí es donde se toman las fotos todos los turistas que lo han visitado. Tiene esa magia.
Caminar por allí es agotador, el sol es fuerte. Los guías naturales del lugar, políglotas por obligación, tienen dos versiones de la historia. Los que guían grupos en español, no hablan de la Colonia. Los turistas que hablan otros idiomas, se enteran de que el guía es un heredero directo de la raza que pobló la zona siglo tras siglo, y que estuvieron a punto de derrotar a los invasores, pero algo falló. Siguen siendo tan delicados que no quieren herir ninguna susceptibilidad, ni la de los herederos de los invasores, ni la de los que solo nos conocen como un pedacito de tierra que les perteneció.
No necesito que una página web que cobra por cada voto me diga que Macchu Picchu es una de las siete maravillas del mundo moderno. Esa página web no me dirá qué es lo que debo amar, ni me quitará la felicidad de haber cumplido mi sueño de conocer el Cuzco y la grandeza de mi pasado, que lo siento tan mío como si yo hubiera vivido en el Acllahuasi, o en Ollantaytambo o en alguna ciudadela del Valle Sagrado en las que sueño con vivir.
Para mí el nombrar solo siete de las maravillas que he visitado, es poco: El Coricancha (Templo del Sol, Cuzco), Macchu PIcchu (ciudadela inca, Cuzco), Sacsayhuaman (Fortaleza inca, Cuzco), Chan Chan (ciudad de barro, Pre Inca, Trujillo), Cumbemayo (Cajamarca), las ventanitas de Otuzco (Cajamarca). Me falta espacio para hablar de Ollantaytambo, de la Huaca Pucllana, cerca de mi casa, de las playas de Piura, y de los lugares que aún me faltan conocer: El Manú, el Amazonas, el Atlántico…
Nadie nos puede decir qué es lo que nos gusta más, ni a dónde ir con nuestra plata y nuestro tiempo. Pero si alguien lo quiere saber, yo me puedo morir feliz, porque ya estuve en el Cuzco, y nada más.
Adivinando el Futuro
Acabo de romper varias hojas de papel. Cuando tengo los dedos entumecidos de frío, es bueno hacer cosas físicas. Y aparte de teclear, romper papeles es mi máximo ejercicio dáctil.
“Tú no piensas en ningún hombre, viene un hombre bueno, no tienes hijos pero te gustan los niños”. Notas tomadas por una mano temblorosa en la parte de adelante de una Camioneta nueva. En la parte de atrás, la suscrita con la Adivina de turno, viendo barajar cartas con dibujos graciosísimos, cartas que tienen anotado lo que te depara el Destino. Ese Destino frío e infalible que me condena a no tener a nadie en la mente y a preocuparme por hijos ajenos porque parece ser que yo no tengo uno propio.
Luego de reirme por ser la tercera vez que nos toman el pelo a las treintañeras sin rumbo, le digo, que sí tengo un hombre en la mente y que sí tengo un hijo, precioso, maravilloso, la luz de mi vida y lo mejor que he podido hacer en este planeta. Ella no pierde, sí, tengo un hombre en la mente, uno que se fue, que ya no está y que me mintió. Tiene un problema de salud causado por un asunto tenebroso de su pasado oscuro, va a volver, con regalos, pero se va a volver a ir para siempre. Estallo en carcajadas, me lo merezco por contratar lectoras del futuro.
No es la primera vez, es más bien la tercera. Ya había yo oido que deje de prestarle mi ropa a una hermana que nunca tuve, que el padre de mi hijo me ama con locura, que he tomado decisiones correctas, pero me he equivocado al decidir. Y no paro de reirme. El consultar con una lectora de tarot que es “increible” para todas las amigas que la recomiendan, es increiblemente divertido, y en mi país no es tan caro y unas cuantas carcajadas lo podrían justificar. Pero para la próxima, me compro un Condorito.
Testigo
Iba un poco preocupada por el fin de mes, cuando me subí en la combi (micro, bus o como se diga). No había sitio para mi y me tocó estar parada. No pasa nada. El sitio está calientito por esa costumbre peruana de cocinarnos en nuestros propios calores. En invierno se agradece. Alguien se levanta y corro a sentarme, mientras me saco toda la parafernalia invernal, abro la ventana y respiro el aire helado y lleno de smog.
Empezaba a cavilar sobre mis gastos cuando escucho una risita tímida. Esa risita tan simpática de las mujeres de mi tierra cuando son abordadas por algún simpático muchacho. La vi y no pude evitar sonreir con ella. Pelo lacio negro y largo, cayendo sobre su espalda, perfil peruano, ojos levemente maquillados, labios rosados, una mujer hermosa, en una expresión feliz. Mi paisana hablaba con prisa y nervios coquetos a un caballero que se esmeraba en hablar correctamente el español y trataba de demostrar su amplio conocimiento de la cultura peruana actual. Hablaban de los conos y de su explosioón económica y comercial. Hablaban de eso pero decían más.
El italiano, alto, blanco, pelo oscuro y ondulado, barba, y ojos verdes, guapísimo, le decía a ella mientras hablaba de otra cosa, que no podía creer haberse encontrado una mujer tan hermosa en una micro tan sucia, llena de stickers burdos y con un chofer y un cobrador que no violan las reglas del tránsito simplemente porque no las conocen. Le decía él a ella que no importaba a donde iba, que si se iba a perder en una ciudad gris, llena de smog y de gente loca, quería perderse con ella. Y ella a él le decía que no podía creer haber atraido a un hombre así, que a lo mejor era un sueño y que sabrá Dios cuánto dure, es mejor desconfiar de estos extranjeros guapos que aparentan saber tanto sobre nosotros, pero ojalá le pregunte a dónde baja, que la va a acompañar, que le su teléfono. Y ambos sonreían y seguían hablando como si nadie más estuviera allí.
Y yo sentada en frente, teniendo ganas de poner una mejor música y de decirle a él que se deje de decir esas cosas que a lo mejor ya ella va a bajar y todavía no le pide el teléfono, y a ella que no tenga tanto miedo, que no pasa nada si se equivoca, que lo vivido no se lo va a quitar nadie.
Me toca bajar a mi, y bajo sin ganas, con una sonrisa. ¿Por qué me hace feliz ver a otros dos enamorarse? Debe ser verdad que estoy enamorada del amor. Y aquellos dos no saben todavía que son capaces de alegrarle el día a pasajeros sin nombre y sin rostro que compartieron con ellos un breve instante de sus vidas.