Último día de vacaciones.


Amanezco tarde, duermo lo que me da la gana, mejor dicho lo que le da la gana a mi Rey, que es quien decide cuándo nos levantamos. No hay nada más bonito en el mundo que verlo despertarse. Se da una vuelta, viene sobre mi y me da besos (cuando está de buen humor), se estira, se vuelve a acostar sobre las almohadas, me da más besos, sonríe, pone su cara de pillo y se baja de la cama y enrumba al cuarto de mi padre. “Babababababa”… lo llama, se sube a su cama, lo besa. Qué lindo es saber que mi hijo lo tiene todo.

Hoy no tengo ganas de nada, veo en la computadora de la casa un asunto urgente que resolver, luego corro a seguir mirando a mi hijo. Jugamos un rato. “Qué precioso sol, vamos a dar una vuelta”. Salimos los dos solos él en su coche-bastón, vamos a ver el mar, está lindo hoy, es raro ver sol en invierno. Solo una vuelta corta porque el sol no es bueno para la piel, mucho menos al lado del mar. Volvemos a casa.

Por la tarde no quiso dormir la siesta, estaba inquieto. Nos pusimos a jugar. De pronto quiere ir a su cuarto, en donde suele lanzar todos los juguetes al piso. Ahora no lanza nada, quiere subir a su cuna. Pido que le alisten su cena mientras yo pongo el CD y nos ponemos a bailar. “Las manos, las manos, las manos, las manos, todos los niños, muevan las manos” y el Rey mueve las manitos, la cabeza, las piernas, lo que vaya pidiendo la canción.

Un grito de mi madre llamándome. Pensé que la comida del niño ya estaba servida. Pensé en apagar la música, ordenar un poco e irnos. Pero el armario empezó a sonar, los juguetes a bailar por sí mismos. Un nuevo grito desesperado de mi madre. Tomé al nene en brazos, una manta y a la calle. La cara de terror de las chicas de la casa, la cara pálida de mi madre me lo dijeron todo. Era cierto, un temblor.

En una ciudad como Lima en donde siempre tenemos temblores es común decir “ya pasará, relax”. Pero no pasaba. La ancianita del departamento del costado salió en brazos de su adolescente nieta. Dejé al niño con la chica y volví por el celular “por si acaso hay que tenerlo en la mano, para pedir auxilio si hace falta”. Sale mi hermano de su cuarto diciendo “acabo de hablar con mi papá, relájense”. Y la tierra se seguía moviendo, cada vez más fuerte.

“Esto es un terremoto”. Se oye la oración de mi madre “Aplaca Señor tu ira, tu Justicia y tu rigor, por tu Purísima Madre, Misericordia Señor”. La ancianita se desmaya. Corro a traer una silla. Sigue temblando. Sigue mi pálida madre “Señor Jesús, ayúdanos”. Mi niño me mira con ojos de miedo como diciendo “qué les pasa a estas señoras”. Del segundo piso viene la vecina gritando “Dios mío qué es esto” y se detiene al costado de la puerta de vidrio.

Le digo “quédese tranquila, venga aquí”, no reacciona. Voy a traerla, la abrazamos y la calmamos en la medida de lo posible. Y la tierra sigue temblando. Tomo a mi hijo en brazos y lo protejo con mi cuerpo de los pedazos de techo que caen en mi imaginación. No cayó nada: mi cuerpo y el suyo intactos.

Dejó de temblar. Espero un rato para cerciorarme de que no empieza otra vez el remezón. Con mi hijo en brazos entro en casa y levanto el teléfono para llamar a mi padre, el único que no está. Las líneas están muertas. Regreso a donde están las demás a decirles que se calmen, ellas le alcanzaban agua a la viejita y hablaban pálidas, asustadas “Dios mío qué fue eso”. Suena el teléfono, mi tío llamando desde el norte chico. “Todos bien, tranquilos”. Intento nuevamente llamar y aún no hay línea. Eso desespera. Mi padre llama a mi hermano. Está bien, va a esperar un rato y luego regresará a casa. Nos calmamos. Corro a sacar el maletín del bebe, preparo una bolsa con leche, biberón, comida envasada, pañales. Todo con mi hijo en brazos, no lo quiero soltar.

Tuve que ir al baño. Encargo al bebe y entro. La tierra vuelve a temblar, me miraba al espejo lavándome las manos y empecé a gritar como loca “teeeembloooooooooooooooooooor, mi hijoooooooooooooooooo”. Salí y ya había pasado. En niño ni se enteró. Era una réplica. Normal, es común. Sentí un nudo en la garganta, pánico y ganas de llorar. Ahora la que necesitaba agua fui yo. Todo lo que no pude sentir durante el terremoto en el que sólo pensaba en que mi hijo no se asuste y que no me lo asfixien con tantos abrazos que le daban todas las que lo rodeaban, dispuestas a protegerlo con sus cuerpos, lo sentí en ese momento. Ganas de llorar, de gritar y de desesperarse. Bebo más agua y me calmo. Gracias a Dios porque mi hijo es un niño muy amado y protegido, gracias a Dios porque durante todo ese momento lo tuve a mi vista, gracias a Dios porque estamos enteros, sanos, y juntos.

La tierra sigue temblando, hay ciudades devastadas, niños como el mío que murieron junto a sus madres que seguramente los protegieron con sus cuerpos como yo imaginaba que hacía con el mío. Madres que sobreviven a sus hijos y quieren ser enterradas con ellos. ¿Cómo calmar ese dolor? ¿me merezco ser feliz a pesar de tanta tristeza tan cerca? Me repito que sí que me merezco ser feliz, yo y cada uno de los que vivimos esa tragedia. Los que sobrevivimos nos merecemos reponernos, debemos salir adelante, vivos y felices. Hay ciudades qué reconstruir, hay gente a quien ayudar. No hay tiempo para increpar a la naturaleza el que haya sucedido lo que siempre sucede. No hay tiempo ni razón para increpar nada a Dios. Dios no nos reclama cuando destruimos el planeta que nos dio. ¿Qué derecho tenemos a reclamar entonces? Sólo el deber de salir adelante, por nosotros, por los vivos.

Y ya volví a la Oficina. Ese fue mi último día de vacaciones.

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3 comentarios en “Último día de vacaciones.”

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