Avenida Grau


Una nunca termina de aprender. Salgo apurada de casa. Siempre me da miedo salir de casa. Bajo las escaleras y me da terror atravesar el patio grande. Segunda escalera. Siempre digo eso, libertad 620 segundo piso, segunda escalera. ¿Qué hay en la primera escalera? Supongo que más departamentos de dos dormitorios poblados por familias jóvenes, o viejos con hijas y sus hijos, o hijas viudas con sus padres y los hijos de sus amores. Sabrá Dios, le tengo miedo a esa escalera, nunca subo. En sueños la primera escalera se mueve delante de mí como una serpiente. Y me obliga a subir e incluso a vivir en uno de sus departamentos, todos iguales, todos oscuros, todos calurosos. Cuando tengo esos sueños me levanto agitada. No me gustan.Me decía que una nunca termina de aprender mientras salgo a la calle en esas noches piuranas del siglo pasado. Noches calientes, con una ciudad desierta desde las 8 de la noche, ciudad nocturna poblada de locos, prostitutas y ladrones. Le tengo miedo a la ciudad. De día también, pero de noche, mi miedo a la calle raya en el terror. Es como si al poner un pie fuera de la reja negra esquivando los montes de basura que se acumulan, la oscuridad y la soledad me fueran a atacar. Debe dar más miedo ser un loco a quien nadie mira porque le tienen miedo y tiene que vivir en la temida oscuridad de las noches calurosas y solitarias.

Llego a la esquina del Centro Piurano. Es de noche y está cerrado, pero se pueden ver suspendidas en el tiempo las imágenes de los los viejitos saliendo luego de pasarse una tarde jugando cartas, bebiendo algo y arreglando la vida de los demás. O simplemente lamentándose de los tiempos pasados mejores. Y pienso que hasta esos viejitos que se quejan de los tiempos actuales podrían aprender algo nuevo, podrían aprender que los tiempos de ahora son fruto de sus acciones del pasado. Y uno no debe renegar de su propio pasado. Suspiro y me digo que no voy a renegar, ni de la segunda escalera, ni de la basura en la puerta, ni del terror a que pongan una bomba en el Banco que hay en mi edificio, ni del estar obligada a salir sola de noche para aprender una lección.

Estoy apurada. Nadie me espera, pero el miedo siempre me da la sensación de prisa. Imagino que un loco se quiere acercar y camino con velocidad de carrera. Qué miedo le tengo a la calle, a los locos y a la noche. Cruzo por la tienda de Alfredo Chunga, tratando de divisar sin detenerme entre las rejas de sus ventanas los juguetes. Ojalá que en esta Navidad me regalen lo que pido y no lo que encuentran. No creo en Papá Noel, eso también lo aprendí. Menos mal, porque en Piura no hay chimeneas.

Volteo a la izquierda, camino hacia la Avenida Grau. Siempre voy por la vereda de enfrente, no me gusta pisar el mismo suelo de la catedral, así la veo mejor. Las catedrales se ven mejor de lejos, ¿por qué no se les ve mejor de cerca, de dentro? ¿a Dios se le ve mejor de lejos? Entro en la avenida. Primera cuadra, la tienda donde mi madre y yo comemos leche asada. Qué delicia. Dicen que la van a cerrar y construir algo moderno, qué pena. La leche asada no es la misma sin la avenida Grau.

Sobreparo frente a la banca de cemento y observo al árbol seco en la puerta del edificio gris. Siempre he querido vivir en ese edificio gris, en plena avenida Grau, con vista a la catedral, con vista al árbol seco y a la tienda de leche asada. Respiro y contengo la imagen y le prometo que la conservaré en mi mente cuando ya no esté allí, cuando finalmente haya salido de una ciudad calurosa y polvorienta que no me gusta, pero de la que no podré liberarme porque ese árbol seco y ese edificio gris con balcones me tiene enamorada.

Me doy cuenta que estoy parada en medio de la noche y rodeada de locos imaginarios y corriendo peligro de ser devorada por la oscuridad. Y retomo el camino, ya más segura, más cerca de mi destino. No sé por qué cuando estoy a punto de llegar a destino disminuyo la velocidad, contemplo el paisaje y ya casi no siento miedo.

Es verdad, todos los días se aprende algo nuevo, y hoy he aprendido a caminar sola las cinco cuadras que me separan del lugar en donde se me espera con paciencia. Y también he aprendido que las promesas de nostalgia se cumplen, siempre. Sobretodo en los días en los que se sueña con serpientes escalinadas y árboles secos y edificios grises, y amores perdidos y amigas añoradas.

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