Cuando se va el sol


Llega la tarde en Tuquillo. Playa peruana al norte de Lima, en Huarmey.

Los atardeceres, los amaneceres y el día entero son dignos de guardar en la memoria, y en el corazón. La explosión de colores, las tonalidades del naranja que emite el sol cuando lo mandan a la cama de agua azul, ahora roja.

 

Esa tarde la pasamos investigando. Decidimos ir en expedición hacia la casa abandonada del otro extremo de la playa. Miramos por la ventana la sala vacía. La mitad limpia y la otra mitad sucia. Cuando se tienen doce años y una imaginación fértil, eso solo puede ser obra de un fantasma.

 

Teníamos que investigar. Entramos por la ventana abierta y derruida. En el patio interior nos recibió una estatua de San Martín de Porres, decapitado. Uno de nosotros tomó la cruz que el negrito tenía en su mano. Y seguimos caminando. En otra ventana vimos la habitación. Una cama puesta y otra destendida. Dos de nosotros entraron y tomaron una muñeca de tela negra con cabello de lana roja. Los obligué a devolverla a su lugar.

 

Mientras peleábamos por los derechos de propiedad de los investigadores. El aullido del perro que nos acompañaba nos interrumpió. Ese uuuuuuu que pone los pelos de punta surtió efecto. Salimos disparados: por la puerta, por la ventana, por el portón. No paramos hasta nuestra casa.

 

Nuestra casa estaba a orillas del mar, sobre una pequeña loma hecha de arena y restos de conchas. Los ventanales mirando el mar. Un amplia terraza para sentarnos cuando no queríamos más sol, o cuando, al atardecer, pasábamos veladas familiares con comida marina, y guitarra y cajón, cantando las canciones criollas que más nos gustaban. Las habitaciones privilegiadas tenían vista al mar. Lo más maravilloso de tener una casa en la playa es darse el lujo de que al abrir la ventana el espectáculo de la naturaleza suple cualquier ausencia. Sin televisor, sin teléfono … y felices.

 

Dentro de la casa decidimos guardar el celoso silencio que une a los cómplices de un delito. Éramos niños, pero conscientes de que el irrumpir en casa ajena no era algo como para contarlo. Llegó la noche y con ella el juego de “golpeado” a las cartas. Las trampas, los chistes, las apuestas “de mentiritas”.

 

La abuela se quiere ir a dormir y su nieta mayor la acompaña. Cruzamos el largo pasillo y decido dejar la luz del baño encendida, por si la viejita quiere ir a medianoche, yo no tenia planeado volver hasta que se acabe el juego. Cuando el cansancio nos venció, caminamos hasta las habtaciones, yo comparto la habitación con la abuela (todo sea por tener vista al mar) y en el camino nos percatamos que el baño está cerrado y con la luz apagada.

 

Se arma el tole – tole. Nadie había pasado por allí, después de mi, y nadie lo había cerrado ni apagado la luz, y yo era conciente de que lo había dejado abierto y con la luz prendida, justamente para que nadie interrumpa mi juego. Las conciencias empiezan a acusarnos de algo: nos trajimos el fantasma de la casa abandonada.

 

Empezamos a temblar y a contar de nuestra “inspección ocular”, los mayores no nos tomaban mucha atención, buscaban la llave del baño que no se encontraba por ninguna parte. Empezamos a chillar en la puerta, mientras el muchacho de servicio fingía una lucha con algún fantasma malvado.

 

Nunca había sentido tanto miedo. Y mi mamá lejos y yo de hermana mayor. Finalmente se abrió la puerta, algunos vimos una sombra salir corriendo y corriendo hacia la playa. La misma playa en la que mi prima había visto una sombra, antes de que el baño se cierre solo.

 

Nadie quería ir a dormir. Llevamos los colchones a mi habitación y dormimos unos encima de otros: cuando se es niño y se tiene miedo, lo mejor es la multitud. No dormimos toda la noche. Los inspectores más avezados que planeaban traer a la muñeca negra de pelo rojo, soñaron toda la noche con ella. La veían crecer, cambiar el pelo. Llamarlos por sus nombres.

 

Mi hermano quería regresar la cruz que había tomado y se pasó la noche llorando sus culpas de ladrón infantil: tendría siete años. Fue una de las noches más largas de nuestras vidas. Quizá la primera noche en que una culpa, un miedo y una superstición no nos dejaron dormir.

 

Parece que cuando uno desea algo con fervor, ese algo no llega a la velocidad de nuestro deseo. Nosotros anhelábamos la salida del sol, no ya para correr a desayunar y luego sumergirnos en el mar. Sino para cortar con la maldición de la sombra cerradora de puertas de baño, que nos había perseguido desde la casa abandonada al extremo de la playa hasta nuestra casa querida, hasta nuestra orilla del mar: hasta nuestro baño.

 

Extenuados de rezar, de llorar y de tener pesadillas, nos dormimos sin ver la salida del sol. Pero salió el sol, sin esfuerzo y sin inmutarse por nuestro miedo. Con la luz del día todo se aclara, los miedos se olvidan, se infunde el valor.

 

Armamos una nueva expedición, con una persona mayor que trataba de calmarnos. Se llamaba la “operación devolución de la cruz”. Vimos la casa y era otra: toda sucia, toda derruida, las camas desaparecidas, y con ellas la muñeca negra. Devolvimos la cruz al santo peruano, y regresamos: a la playa, al mar, a las risas, al “golpeado”.

 

Qué rápido pasan las grandes tragedias cuando se es niño. Qué rápido se olvida el terror de la noche anterior y se retoma la vida … con sólo ver el sol.

 

Si el sol sale siempre, ¿para qué atormentarnos con su ausencia? Hay que esperar que se cumpla el ciclo inexorable de la naturaleza, de la sabiduría universal, que traerá el sol de vuelta. Y mientras tanto, tranquilidad.

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6 comentarios en “Cuando se va el sol”

  1. Emevecita, José Luis Gago de Val (O.P.) dice lo siguiente sobre San Martín de Porres (1579-1639): el escritor peruano Aurelio Miró Quesada presenta así a fray Martín “En él todo es suave y apacible; frescura de huerto o jardín, lírica sombra de garúa limeña. Sus atributos no son por eso una cruz, un corazón sangrante o una iglesia en la mano como los santos fundadores de órdenes. Al mulato Martín (Martín se le seguirá diciendo siempre con deliciosa familiaridad, aunque se le haya llevado a los altares) sólo se le pinta con tres símbolos leves: con frascos de remedios, como enfermero; con una escobita como humilde servidor del convento; y con un gato, un perro y un ratón por su prodigio más raro y más sonado. Amigo de los animales, enfermero y portero del convento, religioso que barre celdas y que toca campanas, Martín de Porres será siempre uno de los nombres tutelares de Lima”.

  2. Huascarán… no entiendo cuál es el punto. Digamos que no era Sanmartincito, sino cualquier otro santo cuya mano se veía negra… ¿cuál es la idea?
    Me avisas para entenderlo. Un abrazo

  3. Al ver que mencionabas a Sanmartincito, busqué un poco sobre su vida. Encontré ese párrafo en un comentario a su fiesta, 3 de Noviembre. Me gustó además por ser de un escritor peruano que utiliza poesía en prosa. Respecto a sombras, luces apagadas o encendidas y puertas abiertas o cerradas, no puedo decir nada. Aunque alguna explicación habrá.

  4. Eso sí me quedó claro. Pero ¿cuál es el punto si no era San Martín?, eso es lo que no me queda claro.
    En un relato de ficción (está bajo la etiqueta ficciones lo que quiere decir que puede ser enteramente imaginación mia) así que como dice la sabia Pinky Dinky Doo (ver Discovery Kids) “en mi historia puede pasar todo lo que yo diga”.
    Bueno, la verdad es que no es nada relevante lo que te digo, pero hace tiempo que no peleaba con nadie y me estaba sintiendo oxidada. Gracias Huascarán!!! 🙂

  5. Ah y para seguir con los relatos del negrito ya te contaré la “especial relación” que tenía con mi abuelo paterno….

    tienes razón, la descripción es muy linda… gracias de nuevo

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