Una historia de Amor


Y dándola por muerta tomó una daga y se la clavó en el pecho. Mientras moría desangrado el efecto del elixir se desvaneció. Apenas pudo levantarse mientras oía sus gemidos. Sintió humedecerse el velo de su vestido y un líquido pegajoso y caliente le mojaba las piernas.

Finalmente tomó control de su -hasta hace poco- inmóvil cuerpo y al incorporarse vió el más horrible cuadro que jamás pudo imaginar: su amado muerto en un charco de sangre, una daga sostenida con fuerza atravesaba su corazón. Todavía se podían ver las lágrimas de sus ojos. Se mató porque pensó que ella había muerto.

Ella había visto muertos antes. Es casi un espectáculo común por las calles de la ciudad. El otro día su tío iba por un camino lleno de heces de caballo y quiso pasar por el único espacio que quedaba limpio. Y otro tipo a su vez había decidido pasar por allí. Ninguno cedió y terminaron los dos allí muertos encima de la suciedad, embarrados de mierda…

Ver muertos no era el problema, ya había ella lavado el piso del patio de su casa luego de un duelo de alguno de sus primitos los graciosos que andan levantando las espadas con cualquier vecino sólo por practicar. El problema es que ese muerto era su amado. Y ella tenía el vestido sucio y su plan maravilloso había fracasado.

Finge que has muerto y tu padre aprobará la boda… ¿qué sabe el cura de amores? No contó con que el amado se mataría porque no pudo soportar creerla muerta. ¿Y ahora qué hago? ¿Me mato también? Sollozaba mientras lamentaba su triste suerte. El matrimonio celebrado no se consumó y volvió triste en brazos de su madre.

– No te precupes Julita que mañana partimos  hacia el mar, respirarás un poco de brisa y para noviembre regresarás como nueva. Lista para tu boda.

– ¿Boda? -dijo con una luz en el rostro- ¿Con quién?

– ¿No te dijo tu padre? Tu tío Eustaquio, el viudo, te ha pedido como su esposa. Ya sabes la fortuna que él tiene. Promete llevarte a vivir a donde tú quieras.

 -¿A donde yo quiera? Entonces no podemos volver en noviembre mamá, regresemos en setiembre para arreglar todo lo de la boda. Que una no se casa todos los días.

Mientras el cepillo recorre el largo cabello rubio de Eustaquia, su madre le cuenta el único secreto del amor que merece ser contado: hija, los primeros amores nunca son duraderos, hay que enamorarse de un hombre estable y maduro que no ande por allí clavándose dagas en el pecho.

Y Julia sabe muy bien de lo que habla.

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