Ese Día.


Pichilemu, Vi Region, ChileNo logro olvidar ese día. Dos enamorados en una camioneta de color gris claro, avanzando en silencio hacia su destino, escuchando la música de fondo preparada especialmente para ese viaje y sin cruzar palabras.

 

Quien ha estado enamorado alguna vez (un par de minutos tan solo) sabe que el estar al lado de la persona querida es casi el único interés. El tiempo vuela hasta llegar ahí, frente a frente. Tocarse las manos, rozar los labios. Saborear su presencia.

 

No logro olvidar ese día. Mientras avanzábamos en silencio, sin saber qué decir. Repitiendo en mi memoria su confesión “te amo, siempre te he amado”, mi silencio y su preocupación “¿acaso no me amas?”. El responder con mi silencio me causaba malestar. Sin embargo no podía mentir.

 

A quien ha nacido genéticamente alérgica a las mentiras, aún las más pequeñas le causan remordimientos enormes, y decir “te amo” sin estar segura, resultaba imposible. En esos casos es mejor callar. Y callé.

 

No logro olvidar ese día, porque en el debate entre mi silencio y su ansia de oír una sola frase mía -“yo también”- se jugaba mucho. Estaba enamorada, no hay duda. Esperaba el momento de estar con él, de abrazarlo, de disfrutar del invierno sureño juntos. De acariciar y ser acariciada. Pero yo no sé si eso fue amor, no tuve tiempo de saberlo.

 

A punto de perder la calma y sin saber qué decir, lo miré y me regaló una sonrisa. Todo está bien – me dije- si sonríe todo está bien. Y de pronto, sin avisarme, me sorprende una visión (pocas he tenido en la vida). Una continuación del camino en tierra, y un hombre, joven, alto, delgado, de cabello oscuro, vestido de blanco, avanzaba delante de nosotros y parecía que iba a llegar antes a nuestro destino: nos esperaría allí.

 

Quien está acostumbrada a convivir con sus visiones no se sorprende. En casa y segura, sólo doy la vuelta y digo el mensaje. Pero a 3 mil kilómetros de casa, en un sitio desconocido, con alguien a quien no le advertí de su existencia, las visiones inesperadas turban. Turban mucho.

 

Sólo atiné a pedir que detenga el auto, que busquemos un teléfono, que pasaba algo malo, a lo mejor en casa. A lo mejor en mi familia. Tardamos un poco en encontrar un teléfono con línea internacional. Pichilemu de noche parece un pueblo chico, de día no lo es… llamada a casa, todo bien… y la pregunta silenciosa, ¿entonces qué está mal?

 

No logro olvidar ese día porque no logro descifrar aún el significado de esa visión: ¿Qué podría estar mal? Si ese día no hubiera ocurrido, si yo hubiera sido más perspicaz (o experimentada) y me hubiera preguntado “¿y este de qué me ama?”. Si yo hubiera sido más astuta o desconfiada y me hubiera dado cuenta que su confesión de amor sólo pretendía procurarle un buen rato. Si en ese momento hubiera sabido –como sé hoy- que mi valor no está dado por ser amada por un tercero, o no. Si hubiera podido prever mi dolor y el placer que mi dolor le causan… no sería madre.

 

Y quien es madre sabe que volveríamos a hacer todo exactamente como lo hicimos, sin ahorrarnos ni una lágrima, ni una herida, ni una decepción, sólo porque un hijo vale todo eso y mucho más. Y quien no lo sabe, quizá no sabe ser madre.

 

Nunca me olvidaré de ese día,  ni de Pichilemu…

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1 comentario en “Ese Día.”

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