Sonido Incesante…


(Capítulo 2 de “Algunas Gentes“)

Suena el teléfono… a quién quiero engañar, debe ser un vendedor de alguna de las pocas tiendas del país a la que aún no le digo que no compro nada. No quiero levantarme. No quiero ni voltear la cabeza a mirar el teléfono ahí, erguido y soberbio en su mesita, insultándome constantemente con sus ring ring incesantes e insoportables.

No dejen mensajes porque no los escucho.

No se me ocurrió mejor mensaje para la contestadora.

El día que no estoy haciendo de chofer recogiendo a los niños del colegio, llevándolos a las casas de los amigos y a actividades sin fin en las que ellos se apuntan, estoy haciendo de bruja insoportable que solo sabe decirles que no y gritar amenazas que lamentablemente debo cumplir para que me respeten. Y son lo que más amo en esta vida.

Si algo de tiempo me queda entre el trabajo a medio tiempo para ganar un dinero mío, el trabajo a tiempo completo de ser mamá de dos criaturas en crecimiento y el trabajo de riesgo de estar casada con el abogado más guapo del mundo que además tiene tres trabajos y varios de ellos implican estar rodeado de chiquillas preciosas, despreocupadas y sin problemas para enrollarse con un hombre casado, solo por diversión, lo ocupo en no hacer nada.

He desarrollado todo un arte de quedarme 30 minutos con la mente en blanco, sin hacer nada, o mirando como autómata un programa de tv que no tardo ni 3 minutos en olvidar, o leyendo alguna revista para esposas, madres, profesionales y amantes, o de plano, leer una novela. De lo que sea. Como sea.

Todos dicen que tengo la vida ideal, pero en verdad, yo solo espero que esos 30 minutos se vuelvan 300, es más, a veces mi marido habla y yo lo miro fijamente, fingiendo que admiro lo exitoso que es, pero mi mente está en una playa imaginaria de arenas blancas y mar color esmeralda, de esas de las fotos tomadas con lentes especiales para que los colores se vean más lindos que en la realidad. Y tumbada en la hamaca sin hacer nada más que sentir el viento sobre la piel, la arena golpeando mi cuerpo, las olas arrullándome, y el olor del mar entrando por todos los poros de mi piel.

Ah sí, aún recuerdo cuando pensaba que al casarme sería feliz.

O cuando pensé que si lograba ese trabajo como freelance y me quedaba en casa cuidando a los niños sería feliz.

Pensé también que si Pedro pasaba menos tiempo en la oficina y más tiempo hablando conmigo sería feliz.

Ahora tengo poco tiempo para acabar mi trabajo a tiempo, medio tiempo para volverme loca con mis hijos y ocasionarles traumas sicológicos serios de los que no culparán a la niñera o a la madre ausente, y Pedro intenta venir a casa a cenar conmigo y los niños aunque implique hacer malabares entre la oficina y la universidad en la que da clases.

Y no tengo tiempo para mí.

Suena el celular, es la pesada de Ana, qué ganas de decirle que si no contesté el teléfono de la casa posiblemente estoy ¡¡¡cagando!!!!!!!!

“hola Anita, qué gusto escucharte…”

(Ir al siguiente capítulo)

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